“Tuvo que haber un momento de comunión en el que no teníamos ninguna objeción contra el mundo; entonces, ¿cómo es posible que nuestra soledad sea tan grande?
Debió ocurrir algo, pero el origen de la deflagración nos resulta impenetrable;
miramos a nuestro alrededor, pero ya nada nos parece concreto, ya nada nos parece estable.”
Michel Houellebecq, El mundo como supermercado.
Una pregunta, un viaje y el universo en ruinas.
Esto podría empezar así, intentando contestar qué me genera, intentando descifrar su obra y finalmente, el escape. La respuesta parcial e incompleta. Ensayos, ejercicios de acercamiento a una imagen que se desenvuelve en muchas, a un mundo que se desnuda fragmentado.
La pregunta sería : ¿Cuál es la unidad, la columna vertebral que se desarrolla a través de cada uno de sus trabajos, cual es el impulso obsesivo que la empuja? La pregunta va dirigida a ella y a mi, que solo puedo adivinar o sospechar.
Objetos y la secuencia descriptiva de los mismos.
Torres de cristal, acero, superficies refractantes, escenarios abandonados. Petrificaciones, paisajes urbanos en descomposición. Filmar o tomar el agotamiento y el abandono del blanco sobre el blanco, una mancha en la pared, un colchón tirado en el pasillo y los escombros de una casa que se cae sobre otra. Cada escena guarda algo de sublime y descarnado, cada paisaje se torna una correspondencia emocional, un sustituto de múltiples autorretratos. La disolución progresiva del yo, el salto al vacío.
Se cruza por casualidad con una construcción derribada o un espacio pulcro y deshabitado, que bien podríamos definir como no lugar. Su actitud oscila entre la fascinación y quizás, cierta convulsión ocular. Cámara en mano, dispara, conteniendo el pulso y el aliento. Se congela frente a la escena que ella y el amanecer han desmantelado. Es una estatua de sal que volvió la vista donde nadie debía.
Obstinada camina por una línea imaginaria que apenas distingue, la secuencia se continua de manera aleatoria. Cada aparición es un descubrimiento privado y accidental.
¿Seguimos descendiendo hacia el blanco?
Queda hablar de esa imagen en la que no la reconocí, de una foto en la que ella es ella. Es una mujer mirando a la cámara, mirándonos. Nos enfrentamos a una situación íntima, ella parece una nadador a punto de saltar o una leona herida, todo eso genera. Está rodeada por una estructura de madera, luego me enteré que eran sillas. Pero en el momento lo traduje como una cueva, una casa. Normalmente y bajo los preceptos freudianos, una casa es uno. Esa foto es una especie de ouroboros, que se muerde la cola y vuelve a empezar.
Todo esto es subjetivo. Sin embargo, en esa dimensión fotográfica de la obra de S.M.G puedo vislumbrar el sentimiento oceánico que me invade los domingos, cuando prefiero evitar Cioran, mirar un partido con el padre o salir afuera. No hay significados, no hay traducciones reales, solo acercamientos y empatías. Sigo contemplando el movimiento perpetuo de todo lo que se degenera.
Domingo 13 de mayo de 2012